DISCURSO EN EL CONSISTORIO CARDENALICIO
_____________________________________________
Santo Padre, Eminencias, hermanos en el episcopado, queridos hermanos y hermanas:
Hoy me dirijo ante ustedes con el corazón profundamente conmovido y agradecido. Me siento pequeño ante el misterio que contiene la Iglesia y ante el llamado que hemos recibido, pero al mismo tiempo inmensamente confiado en la gracia de Dios, que sostiene, guía y fortalece a quienes Él mismo envía. Deseo comenzar expresando mi más sincero y filial agradecimiento a Su Santidad el Papa Pio, no solamente por el gesto de confiar en mí y en mis hermanos al incorporarnos al Colegio Cardenalicio, sino también por el testimonio cotidiano de un ministerio vivido con fidelidad, fortaleza y amor paternal al servicio de toda la Iglesia.
Santo Padre, recibimos este llamado no como una distinción de honor ni como una meta alcanzada, sino como una invitación renovada a servir más profundamente al Evangelio, al Pueblo de Dios y a la comunión eclesial. La púrpura que hoy se nos entrega no debe ser entendida como signo de privilegio, sino como memoria de una entrega total a Cristo y a su Iglesia. Como se nos recuerda en Ad Verum Servitium, el verdadero servidor no busca conservar para sí aquello que ha recibido, sino ofrecerlo enteramente por amor, sabiendo que toda misión recibida es gracia y que toda autoridad sólo encuentra sentido cuando conduce a la comunión.
Por eso, esta dignidad no debe elevarnos, sino hacernos más disponibles al servicio, incluso —si fuese necesario— hasta el sacrificio supremo, usque ad effusionem sanguinis, hasta el derramamiento de la propia sangre. Porque el ministerio recibido jamás puede convertirse en posesión ni el servicio en una forma de protagonismo. Y si el Señor nos concede llevar una cruz más visible dentro de la Iglesia, que nunca olvidemos que ninguna cruz auténtica se carga para engrandecerse, sino para amar más. La llamada que hoy recibimos no es, ante todo, una llamada al honor, sino una llamada a cargar la cruz con esperanza, sabiendo que toda cruz unida a Cristo termina siendo camino de vida y de comunión.
Gracias, Santo Padre, porque con su vida nos recuerda constantemente que el servicio nace del amor y que la verdadera grandeza cristiana no consiste en ocupar los primeros lugares, sino en aprender a servir desde los últimos. Como nos enseñó el Señor: «el que quiera ser el primero entre ustedes, que sea el servidor de todos» (cf. Mc 10,44). Usted nos enseña que la autoridad dentro de la Iglesia no se impone ni se reclama: se recibe con humildad, se sostiene con sacrificio y se ejerce con caridad pastoral. Nos recuerda que el verdadero pastor no busca ser servido, sino desgastarse por el bien del rebaño que le ha sido confiado.
En nombre de mis hermanos y en el mío propio, le expresamos nuestra disposición sincera de caminar junto a usted con obediencia, comunión y espíritu de servicio. Le prometemos nuestra oración constante, nuestra colaboración leal y nuestro deseo de permanecer unidos a su misión de confirmar a los hermanos en la fe (cf. Lc 22,32), conscientes de que aquello que hoy recibimos sólo tendrá sentido si ayuda a que Cristo sea más conocido, más amado y más anunciado.
Antes de ascender a los cielos, el Señor elevó al Padre aquella oración que continúa resonando en el corazón de la Iglesia: «Que todos sean uno, para que el mundo crea que Tú me has enviado» (Jn 17,21). En esa súplica está contenida nuestra vocación más profunda. La Iglesia no es una suma de esfuerzos individuales, sino un solo cuerpo vivo cuya cabeza es Cristo. Como enseña el Apóstol: «El cuerpo no se compone de un solo miembro, sino de muchos… si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (cf. 1 Co 12,14.26). Esta verdad nos recuerda que ningún servicio es pequeño cuando nace del amor y que ninguna misión encuentra plenitud si no conduce a la comunión.
Vivimos tiempos complejos y sabemos que el Evangelio continúa siendo signo de contradicción para el mundo. Sin embargo, la Iglesia, a través de los siglos, nunca ha dejado de anunciar la verdad ni ha renunciado a su identidad para buscar aprobación pasajera. Y aunque muchas veces nuestras limitaciones humanas parezcan oscurecer el camino, seguimos confiando en que es el Señor quien guía a su Iglesia y quien nunca abandona a su pueblo.
Por eso hoy, con humildad y esperanza, renovamos nuestro deseo de no convertirnos nunca en obstáculo para la obra de Dios. La misión continúa porque Cristo continúa actuando. La Iglesia continúa porque el Espíritu Santo continúa sosteniéndola. Nosotros sólo deseamos servir con fidelidad el tiempo que nos sea concedido y desaparecer cuando sea necesario para que permanezca únicamente aquello que viene del Señor.
Santo Padre, permítanos concluir estas palabras con una sencilla petición: rece por nosotros. Rece para que nunca confundamos autoridad con posesión, para que jamás transformemos el servicio en protagonismo y para que nunca olvidemos que toda misión en la Iglesia encuentra su plenitud únicamente cuando conduce a los demás hacia Cristo.
Gracias por su confianza, por su ejemplo, por enseñarnos a cargar la cruz con esperanza y por su amor constante a la Iglesia.
Muchas gracias.